Una exposición de la Fundación Mapfre en Madrid analiza la fulgurante expansión de este movimiento vanguardista a través de muchas de sus réplicas y desviaciones, incluyendo el rescate de muchos de sus creadores menos conocidos
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Sueño y presentimiento’ (1947), óleo de María Izquierdo. MARÍA IZQUIERDO; VEGAP, MADRID, 2025 |
En los días astillados del final de la Primera Guerra Mundial, un joven André Breton ingresó como aprendiz en una clínica psiquiátrica. Traía un caudal de lecturas médicas que encabezaba Sigmund Freud, su teoría del subconsciente y sus réplicas oníricas. Había un mundo por levantar tras la sangría de las trincheras y el muchacho abrió todas las ventanas del hombre para activar una revolución que tenía el sueño como mecha de un polvorín creativo inaudito.
Por entonces, la vida se aceleraba, el mundo había cambiado y, de alguna forma, había que contarlo. La pintura, la fotografía, el cine, la música y la literatura fueron parte del renovado signo de las cosas. Aquella aventura aliada de la fantasía y de las pesadillas acabó por convertirse en una de las más extraordinarias del arte del siglo XX, quedando fijada en una estética que planteaba una batalla entre la intuición, las obsesiones, el azar y las emociones.
Solo un par de décadas duró aquel alumbramiento, audazmente plasmado en imágenes que aún mantienen su calambre. Fue un tiempo excitante. Convulso. Entre la ingenuidad y la violencia. Europa estaba en pleno fervor de lo inédito. Un grupo de artistas casi visionarios que actuaron con una fogosidad fuera de norma. Propusieron una mirada excéntrica como pértiga de un universo que tenía su motivo y razón en el individuo y, más allá, en sus oscuridades.
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Marcel Jean es el autor del ‘Armario surrealista’ (1941). MARCEL JEAN. PARIS, LES ARTS DECORATIFS/JEAN THOLANCE |
Parece claro que nada fue igual a partir del surrealismo, que halló en la sugerencia, en el inconsciente, un territorio para alumbrar la realidad o, mejor dicho, la otra parte de realidad que encierra lo real. De ahí que aquel movimiento vuelva estos días, avivado por las celebraciones de su centenario, con más lecturas, con renovado entusiasmo, con visiones complementarias, incluso con sendas inéditas por más que se le hayan dedicado al movimiento muchas exposiciones.
Esas veredas son las que explora en la sala de la Fundación Mapfre en Madrid la académica y catedrática Estrella de Diego en la muestra 1924. Otros surrealismos, donde es posible descubrir (hasta el 11 de mayo) cómo la iniciativa de este desacato artístico corrió pronto de un lugar a otro y cómo se sumaron a él numerosos creadores de procedencias diversas que estaban dispuestos a hacer saltar las costuras de todas las convenciones posibles.
Porque si bien el efervescente surrealismo francés, al calor del brasero marcial de Breton, reclamaba feligresía y exaltaba el libre ejercicio del pensamiento a modo de dogma de fe, el movimiento dio lugar a réplicas y variaciones que explican, a las claras, su rutilante éxito. También deparó exclusiones, tanto por razones de ortodoxia como de distancia geográfica con respecto al París donde vio la luz, o por aspectos concretos como el papel otorgado a la mujer.

Gala, Salvador Dalí y Paul McGean trabajando en el ‘Sueño de Venus’ (1939), retratados por Eric Schaal. ERIC SCHAAL; VEGAP, MADRID, 2024
Así se puede hablar, como señala la comisaria Estrella de Diego de la existencia de una fórmula canónica, cuyo inicio oficial se cuenta tras la publicación del Manifiesto del surrealismo, en 1924, y también de otros surrealismos, fruto de giros, mutaciones y desarrollos, como los surgidos en España y en países de América Latina, que pueden ser estudiados como casos particulares en cuanto a la recepción y expansión del movimiento de vanguardia.
Por este motivo, a lo largo de su recorrido, la exposición muestra tanto la obra de los grandes artistas vinculados desde siempre al surrealismo (René Magritte, Max Ernst, Paul Delvaux o Yves Tanguy), como el trabajo de otros creadores, muchas veces no tan conocidos -o no relacionados, por lo general, con el grupo-, con el objetivo de explorar la riqueza de respuestas e interpretaciones que surgieron a la luz de las manifestaciones más rígidas.
La exposición de la Fundación Mapfre aglutina más de 200 obras que analizan y documentan los aspectos claves de esta corriente vanguardista desde tres grandes bloques temáticos. El primero acoge las variadas lecturas del surrealismo canónico, determinadas por la cercanía o lejanía de los postulados de Breton para, a continuación, explorar en dos fases los grandes temas que preocuparon a sus integrantes: el sueño, el deseo, la alquimia, el automatismo psíquico, la nueva visión de la ciudad…
A partir de aquí, la exposición 1924. Otros surrealismos viene a plantear cuestiones de interés. La propuesta analiza cómo España, tan alejada en los años veinte y treinta de la pasada centuria de los centros de vanguardia de Europa, produjo tres de los nombres fundamentes de la corriente: Salvador Dalí, Luis Buñuel y Joan Miró, además de varias firmas también de primera fila, desde Óscar Domínguez a Remedios Varo.
Un caso similar al de España es el de gran parte de América Latina, donde países como México, Argentina o Brasil, en muchos casos centros de acogida de creadores que escapaban de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco, o del nazismo, propusieron interesantes lecturas surrealizantes. Los nombres de Raquel Forner, Maria Martins, Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo y Horacio Coppola destacan en una periferia en la que los ecos de la aventura tuvieron gran repercusión.

‘La malabarista’, de la serie ‘Subversion des images’ (1929-1930) de Paul Nougué. PAUL NOUGÉ; VEGAP, MADRID, 2025
La muestra también dedica una especial atención al papel de las artistas, pues muchas de ellas se ganaron un nombre propio en el epicentro de una vanguardia que entendía a la mujer como un simple complemento. Gala, Maruja Mallo, Leonora Carrington, Grete Stern, Jane Graverol, Maria Martins, Amparo Segarra, Rita Kernn-Larsen e Ithell Colquhoun estuvieron allí, entre la tripulación del surrealismo, sumándole complejidad.
Porque, a pesar de que fueron numerosas las creadoras que asimilaron los preceptos del movimiento o estuvieron cerca de ellos, Breton las describió en su manifiesto de 1924 como “bellas y sin nombre” y se limitó a otorgarles el papel de médiums -de lo inconsciente en estado puro, de guías-, un rol, en apariencia, de privilegio, que ha terminado siendo un vehículo de exclusiones al dejar en la penumbra la producción de un buen número de mujeres.
En esa lógica, 1924. Otros surrealismos insiste en estas creadoras que propusieron otra forma de asombrarse, incorporándoles la puesta en limpio de algo de su obra y el mejor contorneo de sus leyendas, de sus intereses, de sus penumbras. Porque ellas también pintaron haciendo palanca en una imaginación de escenas incalculables y persiguiendo sueños que convirtieron después en la materia de sus lienzos.