Óscar Domínguez, el surrealista olvidado
Una exposición en Madrid rescata la figura del pintor canario
Una vida al límite
Óscar Domínguez era hijo de un terrateniente canario cuya amante intentó envenenar a la esposa para casarse con él. Las primeras clases de dibujo las recibió de este padre, un personaje extravagante, pintor aficionado, coleccionista de objetos raros y dueño de varias explotaciones bananeras, mientras crecía en un ambiente en el que los vecinos de Tacoronte, su pueblo, contaban historias que años más tarde le inspiraron algunas obras, como el asesinato y empalamiento de una prostituta alcohólica a la que asesinaron en una alhóndiga cerca de su casa. En este episodio se basa «Recuerdo de mi isla», conocida también como «Paisaje de Canarias». Mientras estudiaba en la escuela ya pintaba, una actividad a la que se dedicaba con más tesón que a los cursos.
Su padre lo envió a París en 1927 para trabajar en las oficinas de su empresa en aquella ciudad, aunque siguió prestando más dedicación a la pintura y a la vida nocturna que a sus obligaciones. Regresó a España para cumplir el servicio militar y a la muerte de su padre, que sólo le dejó deudas con los acreedores, volvió a París para continuar su formación de pintor. En aquellos años conoció a Roma, una joven pianista de origen polaco con la que vivió una etapa de amor y bohemia. La pintó con las manos cortadas en un retrato de 1933.
En Tenerife y Las Palmas presentó con éxito sus primeros cuadros surrealistas en exposiciones que alcanzaron notoriedad gracias a la presencia en una de ellas de sus amigos André Breton y Paul Éluard, en la que había también obras de Miró, Dalí, Max Ernst y Giacometti, y en la que se prohibió la proyección de la película «La edad de oro» de Buñuel. Durante la guerra civil se refugió en la casa de su hermana en Puerto de la Cruz hasta conseguir viajar clandestinamente a París con un pasaporte falso en un barco que transportaba frutas. Fijó su residencia y su taller en el barrio de Montparnasse, en un local que le cedió César González Ruano en la rue Campagne Premier (donde acogió a Esteban Francés, huido de la guerra), y se integró en el colectivo de artistas surrealistas de Bretón, participando en sus actividades y colaborando en sus publicaciones. En el café de la Place Blanche se reunía con Dalí, Max Ernst, Yves Tanguy y participaba en las exposiciones de los surrealistas. En París conoció al científico y escritor argentino Ernesto Sábato, a quien le unió una gran amistad y con quien colaboró en algunos proyectos (Sábato lo convirtió en personaje de sus novelas «Sobre héroes y tumbas» y «Abaddón el exterminador»). En París Domínguez se vio implicado en algunas reyertas, entre las que destacó el incidente con el pintor rumano Víctor Brauner, que perdió la visión de un ojo durante una pelea en la que el español defendía la honestidad de su amiga la pintora Remedios Varo. En realidad, la botella que lanzó iba dirigida a Esteban Francés, que se apartó y golpeó a Brauner en un ojo. Y una curiosidad: Víctor Brauner había hecho diez años antes un autorretrato en el que pintó uno de sus ojos con la cuenca vacía, de la que colgaba una D mayúscula. A Domínguez le costó sicológicamente superar aquella situación.
Pasó la guerra mundial en Perpiñán y en Marsella, viviendo con muchas dificultades en pensiones baratas de Air-Bel. Aún regresó al París ocupado, en 1941, donde llegó a presentar una exposición individual en la que conoció a la artista canaria Maud Bonneaud. En estos años se separó del grupo surrealista, se acercó a la obra de Picasso, con quien entabló una sólida amistad y, en el aspecto personal rompió también con Roma para casarse con Maud. Después de la guerra obtuvo la nacionalidad francesa y su obra comenzó a ser reconocida internacionalmente. En 1947 publicó su único libro «Les deux qui se croisent», ingenioso, fantástico y surrealista. Fueron los años de mayor éxito para Óscar Domínguez, que comenzaron a declinar, al mismo tiempo que su salud, a comienzos de los 50, cuando tras divorciarse de Maud (que se casó con Eduardo Westerdahl, uno de los mejores amigos de Óscar Domínguez y editor de la Gaceta de Arte, la revista que organizó su primera exposición individual en 1933) comenzó a relacionarse con la escultora Nadine Effront, culta, rica y liberal, y sobre todo con Marie-Laure Noailles, que lo ayudó a organizar algunas exposiciones y lo introdujo en el «gran mundo» parisino, lo llevó a vivir con ella a Villa Noailles, la residencia de verano de la aristócrata en la Costa Azul. Allí el pintor encontró durante algún tiempo el sosiego que necesitaba para rescatar el equilibrio emocional que había perdido, hundido en el alcohol y el fracaso de su matrimonio. Acosado por el alcoholismo y la enfermedad, una acromegalia que hacía que su cabeza aumentara de tamaño (el periódico «L’Express» lo describió como «un personaje grandiosamente monstruoso»), fue internado en un sanatorio siquiátrico después de protagonizar episodios violentos y peligrosos, como hacer disparos en plena calle durante una de sus borracheras.
El día de fin de año de 1957 su amiga Ninette Lyon lo invitó a una fiesta de Nochevieja en su casa, con Man Ray, Max Ernst y otros amigos. Domínguez no asistió y al día siguiente Ninette envió a su chófer para que investigara lo sucedido. Lo encontraron muerto en el cuarto de baño de su casa, desnudo y con cortes en las muñecas y en los tobillos.
| El artista Óscar Domínguez. / © Michel Sima. Rue des Archives. Cordon Press |
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