La retrospectiva Hammershøi llega al Museo Thyssen: un refugio de quietud en la era del ruido
Óleo sobre lienzo, 106,5 × 86 cm. SMK, National Gallery of Denmark, Copenhague. Statens Museum for Kunst
Vilhelm Hammershøi llega al Museo Thyssen
Una habitación vacía. Una ventana. La luz entrando en diagonal sobre un suelo de madera. Los espacios que en el día a día pasan inadvertidos por su cotidianeidad, se transfiguran en una experiencia profunda ante la obra de Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 1864-1916). El artista danés, maestro de lo íntimo, será el protagonista de la exposición Hammershøi: El ojo que escucha en el Museo Thyssen-Bornemisza, del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026. Se trata de la primera retrospectiva de su obra en España, un proyecto nacido de la colaboración con la Galería Nacional de Dinamarca, que como nos explica Clara Marcellán, comisaria de la muestra: “Va a dar la posibilidad al público español de tener una panorámica de toda su creación, en un contexto de revalorización de su figura”.
Una serenidad que reflejaba su carácter. Contemporáneos como el expresionista Emil Nolde que escribía sobre él como un hombre que hablaba “bajito y muy despacio”, mientras que sus colegas le describían como alguien discreto, e incluso taciturno. Nacido en el seno de una familia acomodada de Copenhague, su talento fue reconocido desde niño, especialmente por su madre, una circunstancia que le permitió ingresar a los 15 años en la Real Academia Danesa de Bellas Artes. Allí, fue alumno de maestros de la pintura nórdica como Vilhem Kyhn o Peder Severin Krøyer, que percibió en él una individualidad tan marcada que llegó a confesar que preferió no influir en su camino.
Óleo sobre lienzo, 128 × 167 cm. Ribe Art Museum, Ribe. © Ribe Art Museum
Curiosamente, sus primeras pinturas fueron retratos y paisajes como el que realizó a su hermana Anna o Paisaje con granero (1893), obras que despertaron la admiración de pintores como Auguste Renoir. Sin embargo, su lenguaje artístico comenzó a cristalizar cuando volvió la mirada hacia los interiores de su casa. Hammershøi omitía cualquier detalle anecdótico en estos lienzos; sus motivos eran deliberadamente prosaicos. La modernidad de sus pinturas reside en la forma de representarlos: una composición geométrica precisa, una luz filtrada que modela el espacio y una paleta reducida a una sinfonía de grises, blancos sutiles y negros profundos.
Viajero culto –visitó varios países como Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica y Holanda, donde estudió a los maestros holandeses del siglo XVII–, su mayor fuente de inspiración fue el silencio doméstico. El resultado, son interiores que, incluso cuando están poblados por la figura de su esposa Ida –casi siempre de espaldas–, carecen de narrativa y tampoco traicionan la privacidad de sus habitantes. “Una cosa curiosa de Hammershøi es que todo el mundo puede proyectarse en sus obras”, comenta Marcellán. “Al final, él te deja ese espacio”.
Viajero culto –visitó varios países como Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica y Holanda, donde estudió a los maestros holandeses del siglo XVII–, su mayor fuente de inspiración fue el silencio doméstico. El resultado, son interiores que, incluso cuando están poblados por la figura de su esposa Ida –casi siempre de espaldas–, carecen de narrativa y tampoco traicionan la privacidad de sus habitantes. “Una cosa curiosa de Hammershøi es que todo el mundo puede proyectarse en sus obras”, comenta Marcellán. “Al final, él te deja ese espacio”.
Este universo de quietud inspira el título de la exposición: El ojo que escucha. “Hay una idea de la escucha muy presente, que viene de la asociación de su obra con el silencio”, explica la comisaria. El silencio que puede apreciarse en las figuras absortas, en la paleta contenida y en las pinceladas cortas, pero Marcellán quiso ir más allá del tópico, rastreando la sorprendente relación del pintor con la música –tocó el chelo, tuvo músicos entre sus mecenas– y encontrando un paralelismo fascinante con sus contemporáneos abstractos.
“Mientras Hammershøi se mantuvo figurativo, era contemporáneo de Kandinsky, para quien la música era esencial”, señala. “Kandinsky describía el blanco –un color clave en Hammershøi– como “un silencio lleno de posibilidades”, una pausa musical. Muchas de sus obras son esa pausa, esa expectación que precede al sonido y que es necesaria para escuchar”.
La escucha visual se potencia en la repetición obsesiva de sus motivos. En esta reiteración compulsiva que le poseía no pintaba otra cosa más que su apartamento, como si quisiera capturar una y otra vez aquello que se escondía detrás de la composición, de los muebles e inmortalizar el tiempo que parece suspendido en sus habitaciones. Es precisamente esa repetición con ligeras variaciones lo que hace que su obra se acerque a la de sus contemporáneos como Cézanne o Monet.
La exposición del Thyssen reunirá 90 obras para mostrar esta evolución: 71 de Hammershøi dialogarán con 19 piezas de artistas afines, como su amigo Carl Holsøe (de quien se exhibe una obra de la Colección Carmen Thyssen). “Algo muy interesante es que se va a poder ver a Hammershøi en el contexto de nuestra colección y en relación, por ejemplo, con Pieter de Hooch, que es un pintor holandés del siglo XVII que él admiraba mucho”, cuenta Marcellán. “Además de otros artistas como Friedrich o Hopper, al que se suele vincular junto a Vermeer y Hammershøi en una historia silenciosa de la pintura”. Para la comisaria, “hay millones de conexiones que vamos a poder aprovechar a raíz de su paso por el museo”.
El recorrido incluirá desde sus obras icónicas, como Rayos de sol o Sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol (1900), Interior, Mujer vista de espaldas (hacia 1904) o Puertas abiertas (1905), hasta una reveladora serie de cuatro autorretratos. De los tempranos y austeros, como el de 1890, se pasa a los de 1911, que los estudiosos consideran osados. En ellos, Hammershøi mira directamente al frente, interpelando al espectador desde un lienzo de gran formato, una representación que contrasta con sus anteriores obras. “Probablemente son una especie de testamento artístico”, reflexiona Marcellán. “Hammershøi se pinta dentro de esos interiores que le hicieron famoso, a veces con Ida al fondo, como un elemento más de su arquitectura íntima”.
(VOGUE)
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